Indignado porque Apaporis
únicamente estuviera disponible en tres salas de cine de la ciudad, mientras
películas de Dago García y Harold Trompetero saturan nuestros teatros, llego a
la sala con grandes expectativas por lo visto en los cortos, por lo dicho en
columnas, porque se dice que se inspiraron en El Río, el cual leí y me encantó.
Las primeras imágenes muestran un
sol que baila por los efectos de quién filma mientras va conduciendo, la
narración en inglés con una buena voz mejora la experiencia, las expectativas
aumentan por ver las fotografías de Schultes junto con la entrevista a Davis y
el Jirijirimo.
La aparición de Antonio Dorado con
su pinta mezcla de Indiana Jones bolivariano y hippie, con zandalias, bolso de
cuero, libro rayado y camisa indú, dieron las primeras ideas de lo que estaría
por venir.
Súbitamente aquella narración del
comienzo cambia, ahora en español, me siento en lo que Bones definió como
"narración de peluquero", no nos mal interpreten, no tenemos nada en
contra de los peluqueros, sólo que nos sentimos en el lugar equivocado.
Mi mente se sitúo entonces en los
años 60 (que no viví), específicamente facultad de sociología (donde no
estudié), donde profesores con voz ensoñadora (dormían a todo el mundo)
narraban en primera persona las hazañas ajenas, como si hablaran con el autor.
De EEUU a Mitú, atrás quedó Davis
y aparece la selva amazónica en la ventana del avión, literalmente en la
ventana pues las gotas de lluvia y los rayones del vidrio distorsionan la
imagen, una toma general del pueblo y tres de la toma de Mitú en 1998 por la
guerrilla; Dorado cree que nadie en el mundo sabía que en Colombia se
secuestra, que hay guerrilla, paras, narcotráfico y tala de selva.
Desconoce que Davis ha vivido en
Colombia y conoce la selva mejor que muchos colombianos, incluido Dorado. Así
que aduce no traer a Davis a Colombia por seguridad, Dorado en busca del drama
protagónico manifiesta no saber si se encontrará con la guerrilla en su odisea.
Lo que pudo ser una bella muestra
de la selva colombiana y las culturas que la habitan, se convierte en una serie
de reflexiones de Dorado con Dorado, sobre lo que entendió del libro, mezcla de
sollozos y clichés.
Las imágenes del hoy se mezclan
con las imágenes del ayer, supongo se lee bonito, pero en la película resulta
un salpicón de una toma buena y tres malas notas de prensa, salpicadas con
primeros planos del sujeto-objeto de estudio y documental, es decir Dorado. Al
bajarse en Buenos Aires su expresión profunda frente a la magnificencia del paisaje
y la comunidad fue la de estar preocupado por no tener celular.
De los 17 días para los que
alcanzó el presupuesto, la mitad de las grabaciones se van en el sujeto-objeto
(Dorado), el bote y los píes de un indígena, así que no esperen ver al
Apaporis. Prepárense para ver 3 segundos de Chiribiquete (desde el avión), 4
minutos de los raudales de Jirijirimo y cuatro veces las mismas escenas de la
guerra contra el narcotráfico en Colombia (imágenes de hace 20 años), dos para
delante y dos de para atrás.
Esas últimas (las que van para
atrás) como una metáfora del sueño del sujeto-objeto (Dorado) que nunca se
alcanzará, paz, amor y selva.
El culmen se da con un intento por
documentar la resurrección de un ave con cumare, que a duras penas resulta en
una cámara movida quizás porque quien filmaba estaba siendo picado por los
bichos ó porque era quien estaba resucitando.
Aunque en un documental no se califica la
actuación, en el caso de Dorado hace mal su papel, es decir, Dorado per se actúa
mal haciendo lo que hace.
Para quienes tenemos la fortuna de
haber visto el Apaporis, la selva colombiana, las culturas indígenas, para
quienes hemos leído El Río, este documental raya en la ofensa.
Salgo indignado, es increíble que
haya tres salas de cine donde se
presente esto, al menos Dago García y Harold Trompetero no tienen ínfulas de
intelectuales.
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